
Incluso sin la ayuda de los vampiros quizá pudiera encontrar a Bill, pensé, mientras me cepillaba los dientes y me metía en la cama. Pero sacarle de cualquier prisión en la que se encontrara y huir con éxito ya era harina de otro costal. Y luego tenía que decidir qué hacer con nuestra relación.
Me desperté a eso de las cuatro de la madrugada con la extraña sensación de que me rondaba una idea de la que aún no era consciente. Había tenido un pensamiento en algún momento de la noche; el tipo de reflexión que sabes que ha estado burbujeando en tu cerebro, esperando que le des el hervor definitivo.
Al cabo de un minuto, la idea volvió a la superficie. ¿Qué pasaría si Bill no hubiera sido secuestrado, sino que hubiera desertado? ¿Qué pasaría si hubiera quedado tan prendado o se hubiera vuelto tan adicto a Lorena que hubiera decidido abandonar a los vampiros de Luisiana para unirse al grupo de Misisipi? De inmediato me surgieron dudas de que ése fuese el plan de Bill; habría sido demasiado elaborado, habrían hecho falta la filtración, a través de los informantes de Eric, del dato relativo al secuestro de Bill y la presencia confirmada de Lorena en Misisipi. Estaba claro que había formas mucho más sencillas y menos dramáticas de arreglar su desaparición.
Me preguntaba si Eric, Chow y Pam estarían en ese momento registrando su casa, situada justo al otro lado del cementerio desde la mía. No iban a encontrar lo que estaban buscando. Quizá regresaran a mi casa. No tendrían por qué recuperar a Bill si encontraban los archivos informáticos que la reina tanto quería. Me quedé dormida por puro agotamiento, creyendo haber oído a Chow riendo en el exterior.
Incluso el conocimiento de la traición de Bill no me impidió buscarlo en mis sueños. Debí de darme la vuelta tres veces, extendiendo la mano para comprobar si estaba junto a mí en la cama, como solía ocurrir muchas veces. Pero en todas las ocasiones encontré ese lado vacío y frío.
