Aun así, era mejor que toparme ahí con Eric.

Me levanté y me duché con las primeras luces. Ya tenía el café hecho cuando alguien llamó a la puerta.

– ¿Quién es? _-pregunté, colocándome a un lado de la puerta.

– Me manda Eric -dijo una voz áspera.

Abrí la puerta y miré hacia arriba. Y luego un poco más hacia arriba.

Era enorme. Tenía los ojos verdes. Y un pelo desordenado y rizado, denso y negro como la noche. Su mente zumbaba y destellaba energía; una especie de efecto rojo. Un licántropo.

– Adelante. ¿Quieres un café?

Fuese lo que fuese lo que se esperaba, no era lo que estaba presenciando.

– Ni lo dudes, querida. ¿Hay huevos? ¿Salchichas?

– Claro -lo conduje hasta la cocina-. Me llamo Sookie Stackhouse -dije por encima del hombro. Me incliné para coger los huevos de la nevera-. ¿Y tú?

– Alcide -dijo, pronunciando «Al-si», con la «d» separada y casi muda-. Alcide Herveaux.

Me miró con tranquilidad mientras sacaba la sartén, la vieja y ennegrecida sartén de hierro de mi abuela. La había tenido desde que se casó, y la había usado tanto como cualquier mujer que se preciara. Ahora tenía su solera. Encendí uno de los fogones. Hice primero la salchicha (por la grasa), la serví sobre un papel de cocina en un plato y la metí en el horno para mantenerla caliente. Tras preguntarle a Alcide cómo le gustaban los huevos, los batí y los cociné deprisa, para deslizados finalmente sobre el plato caliente. El abrió el cajón derecho para coger la cubertería de plata y se sirvió algo de zumo y café después de que le indicara silenciosamente dónde guardaba las tazas. Rellenó la mía mientras estaba a lo suyo.

Comió con pulcritud. Y se lo comió todo.

Hundí las manos en el agua caliente y jabonosa para fregar los platos sucios. Finalmente, lavé la sartén, la sequé y le unté algo de Crisco



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