Temía que no tuviese vestidos elegantes; aquello pude leerlo con claridad. Y no quería que me humillaran por presentarme con la ropa equivocada. Qué hombre.

– A tu novia no le entusiasmará todo esto -dije, sonsacándole esa información por pura curiosidad.

– De hecho, ella vive en Jackson. Pero rompimos hace un par de meses -dijo-. Se enrolló con otro cambiante. El tipo se convierte en un maldito búho.

¿Es que estaba loca? Seguro que la historia era más larga, tanto como que caía en el terreno del «no es asunto tuyo».

Así que, sin decir nada, me dirigí a mi habitación para meter mis dos vestidos de fiesta y sus accesorios en una funda apropiada. Los había comprado en Prendas Tara, tienda que regentaba (y de la que ahora era propietaria) mi amiga Tara Thornton. Tara siempre me llamaba cuando había alguna ganga. De hecho, Bill era el propietario del edificio que albergaba la tienda, y había dado instrucciones a todos los negocios instalados allí para que me hicieran una cuenta que él pagaría; hasta ahora, sin embargo, me había resistido a la tentación. Bueno, a excepción de las prendas que me veía obligada a reponer cuando Bill me destrozaba las mías en nuestros momentos más encendidos.

Estaba muy orgullosa de mis dos vestidos, pues nunca había tenido nada parecido antes, y cerré la cremallera de la funda con una sonrisa.

Alcide asomó la cabeza en la habitación para preguntarme si estaba preparada. Miró las cortinas color crema y amarillo, a juego con las sábanas de la cama e hizo un gesto de aprobación con la cabeza.



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