– Tengo que llamar a mi jefe -dije-. Entonces nos podremos ir -me senté en el borde de la cama y cogí el teléfono.

Alcide se apoyó en la pared junto al armario mientras yo marcaba el número personal de Sam. Respondió con voz somnolienta, y me disculpé por llamarle tan temprano.

– ¿Qué pasa, Sookie? -preguntó, atontado. -

– Tengo que irme unos días -le dije-. Lamento no haberte avisado antes, pero llamé a Sue Jennings anoche para preguntarle si quería sustituirme. Dijo que sí, así que le he cedido mis horas.

– ¿Adonde vas? -preguntó.

– Tengo que ir a Misisipi -le informé-. A Jackson.

– ¿Tienes a alguien que te recoja el correo?

– Sí, mi hermano. Gracias por preguntar.

– ¿Hay plantas que regar?

– Ninguna que no vaya a vivir hasta que vuelva.

– Vale. ¿Vas sola?

– No -dije, dubitativa.

– ¿Con Bill?

– No, él…, eh…, no se ha presentado.

– ¿Tienes problemas?

– Estoy bien -mentí.

– Dile que te acompaña un hombre -susurró Alcide, y le lancé una mirada exasperada. Estaba apoyado contra la pared, y pareció afectarle de lo lindo.

– ¿Hay alguien ahí? -Sam siempre ha sido muy avispado.

– Sí, Alcide Herveaux -dije, pensando que sería inteligente decirle a alguien que se preocupaba por mí que me iba con ese tipo. Las primeras impresiones pueden ser absolutamente erróneas, y Alcide tenía que saber que había alguien que podría pedirle cuentas.

– Ajá -dijo Sam. No parecía que el nombre le fuera extraño-. Pásamelo.

– ¿Por qué? -soy capaz de soportar mucho paternalismo, pero ya estaba hasta las orejas.

– Pásale el maldito teléfono -Sam casi nunca dice palabras fuertes, así que le puse una cara para escenificar lo que pensaba de su exigencia y pasé el teléfono a Alcide. Salí disparada al salón y miré a través de la ventana. Efectivamente. Una camioneta Dodge Ram. Estaba dispuesta a apostar que llevaba encima todos los extras que se le podía colocar.



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