
Grande fue mi sorpresa cuando, al pasar los objetos personales de un traje a otro, en el bolsillo izquierdo de la chaqueta que llevaba en el teatro descubrí una nota que no recordaba haber puesto allí.
La nota, aproximadamente media página arrancada de un cuadernito cuadriculado, estaba dirigida «al escritor Andrea Camilleri», y el texto sin firma consistía en un verbo en infinitivo, «telefonear», un adverbio de tiempo, «enseguida», y un número de teléfono. Pero había una inquietante posdata: «Llamar desde una cabina pública.»
No me cupo la menor duda: aquella nota me la había metido en el bolsillo aquel desagradable individuo sentado a mi lado y que muy probablemente había sido enviado al teatro sólo con ese propósito.
Me lo confirmó inmediatamente el conserje: sí, la víspera, mientras yo estaba cenando, una voz femenina había preguntado por el número de mi localidad en el teatro. Se había enterado de mi llegada a la ciudad por la televisión y quería encontrar una plaza libre a mi lado.
Pedí al conserje que llamara a la oficina de información para que le facilitaran el nombre y la dirección del titular del teléfono que figuraba en la misteriosa nota. Poco después el conserje me llamó para decirme que la oficina en cuestión no podía responder a mi pregunta porque se trataba de un número reservado que no constaba en la guía.
Empecé a olfatear un aire de misterio. Además, yo escribo novelas policíacas y tiendo, por deformación profesional, a ver posibles intrigas en cualquier hecho que no resulte inmediatamente claro, más aún, iluminado en todos sus ángulos por una luz meridiana.
Movido por esa curiosidad repentina, terminé de vestirme a toda prisa, salí del hotel y, en la primera cabina que encontré que funcionaba, marqué el número escrito en la nota. El teléfono sonó largo rato, y ya estaba apunto de colgar cuando contestó una voz masculina muy educada, pero con cierto timbre autoritario:
