– ¿Diga?¿Con quién hablo?

Decidí jugar con las cartas sobre la mesa, tanto más porque corría el riesgo de llegar tarde a casa de mis amigos.

– Mire, soy…

– No diga nombres. Hablo yo. ¿Usted es quien ha encontrado una nota con este número?

– Sí.

– Muy bien. Yo se la hice llegar.

– Pues entonces quisiera saber qué…

– Déjeme hablar a mí, por favor -me interrumpió-. ¿Le sería imposible quedarse en Siracusa hasta mañana por la noche y marcharse pasado mañana?

Él sabía que mi intención era trasladarme a Catania a la mañana siguiente; yo se lo había dicho al periodista de la televisión. Reconozco que, llegado a este punto, la curiosidad estaba carcomiéndome.

– No si se trata de algo que merezca la pena…

El hombre soltó una risita.

– ¡Vaya si merece la pena!

– ¿Podría indicarme…?

La voz se volvió brusca:

– Perdone, pero esta conversación ya está durando demasiado. Vaya tranquilamente a cenar con sus amigos.

Pero ¿cómo demonios se había enterado de la invitación de mis amigos? Yo no lo había mencionado al periodista.

– Pues entonces, ¿cómo nos ponemos de acuerdo, señor…?

No aceptó mi invitación a revelarme su nombre.

– Mañana a las nueve habrá un automóvil esperándolo en el aparcamiento del hotel. Esperará media hora. Ni un minuto más. Si usted no da señales de vida, ya no insistiré. En todo caso, no vuelva a llamar a este número.

Colgó sin despedirse.

Aquella noche creo que no estuve muy brillante con mis amigos. Me distraía constantemente, me repetía, incluso perdí el hilo de la conversación dos o tres veces. Por mucho que me esforzara, sólo podía pensar en la misteriosa cita del día siguiente.



5 из 57