En el momento de la despedida, leí en los rostros de mis amigos algo entre la turbación y la melancolía: seguro que me habían encontrado muy, y peligrosamente, envejecido.

Antes de irme a dormir me tomé una dosis doble de somnífero; de no haberlo hecho, seguramente no habría pegado ojo.

A las nueve, en cuanto bajé, el conserje me dijo que un coche me esperaba en el aparcamiento, un BMW negro.

Salí. Era una espléndida mañana de mayo de colores resplandecientes.

Enseguida me llevé una sorpresa no tan agradable. El hombre que me esperaba manteniendo abierta la puerta trasera del automóvil era el mismo que se había sentado a mi lado en el teatro, el que me había puesto la nota en el bolsillo. Observé que esta vez llevaba chaqueta y confié en que no apestara a pescado.

En cuanto me vio, sacó un móvil, habló muy brevemente y volvió a guardárselo en el bolsillo.

– Buenos días -me saludó, mirándome como si jamás me hubiera visto. Y me entregó una nota que leí mientras el vehículo se ponía en marcha.

Distinguido profesor Camilleri:

Le agradezco que haya aceptado mi invitación.

Le pido disculpas por algunas limitaciones indispensables a las que deberá someterse. Se lo explicaré todo.

Hasta pronto.

Iba a guardármela en el bolsillo cuando el chófer dijo:

– Démela.

– ¿Qué?

– La nota.

Se la devolví. Conduciendo con los codos, hizo pedazos el papel y lo arrojó por la ventanilla. Después no volvió a abrir la boca. En cuanto salimos de Siracusa, decidí preguntarle:

– ¿Puede decirme adonde vamos?

No respondió. ¿Fingía no haberme oído?Entonces, molesto y para obligarlo a responder, le di un golpecito en el hombro.

– ¿Eh?

Le repetí la pregunta. Esta vez tampoco contestó, pero sacó el móvil del bolsillo y, sosteniéndolo de manera que yo no pudiera verlo, marcó un número sin mirar el teclado y habló tan quedo que sólo me llegó un confuso murmullo. Sin duda estaba preguntando si podía decirme adonde nos dirigíamos.



6 из 57