– Por la zona de Bronte -me respondió al fin.

Comprendí que era inútil hacer más preguntas y decidí disfrutar del trayecto. Que no sería muy corto si desde Siracusa teníamos que llegar hasta las laderas del Etna.

De Bronte, donde jamás había estado, sabía muy pocas cosas, pero la más importante para mí era que allí se producían pistachos, a los cuales soy muy aficionado. Las otras eran que un Borbón la convirtió en ducado y se la regaló al almirante Nelson, y que Nino Bixio ejerció en 1860 una feroz represión contra los campesinos que habían creído que la llegada de Garibaldi acarrearía el final de los derechos de los terratenientes. También había leído un relato corto de Verga sobre aquella revuelta campesina y recordaba vagamente haber visto una película sobre el tema.

El viaje fue más largo de lo previsto porque el chófer se empeñó en seguir pequeñas carreteras secundarias, a menudo maltrechas, por las que se veía obligado a circular muy despacio. Pero yo no me atreví a preguntarle el motivo.

El paisaje, por suerte para mí, era muy agradable. Una tierra rebosante de agua y, por consiguiente, casi descaradamente fértil, sin aquellas inmensas extensiones de árido territorio amarillo que se encuentran en la provincia de Agrigento, donde nací y viví mi primera juventud.

Bronte ni la vi. Vi una señalización donde ponía que faltaban dos kilómetros para llegar. Pero, poco después del cartel, el chófer detuvo el vehículo, bajó, abrió la puerta posterior y se sentó a mi lado. Lo miré con asombro.

– ¿Qué ocurre?

– Tengo que ponerle esto.



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