Se la veía tranquila, pero su expresión era seria. Al recibirle, hizo algo inesperado: se alzó de puntillas y besó a Gabriel en la mejilla, imprimiendo allí el tacto de sus labios, suave como un guante de seda. Parecía triste y abatida pero irradiaba serenidad y aplomo, como si hubiera alcanzado, pese a su juventud, un nivel de conocimiento muy superior al de él, o como si flotara por encima de las circunstancias, envuelta en una beatífica niebla de distancia, una sensación de calma, un radiante silencio que ardiera en su interior. Gabriel se sintió inmediatamente atraído hacia ella, cautivado por la deslumbrante sencillez de su actitud, y le pasó como un destello por la cabeza -una reacción espontánea, estímulo y respuesta, el relámpago imaginativo del deseo, como un animalillo que saliera a toda prisa de su madriguera buscando la luz del sol para regresar inmediatamente a su interior, en retirada- la imagen de la chica desnuda, bajo él, sobre él. Los hombres tienen ese tipo de pensamientos veinte veces al día y, en el caso de Gabriel, incluso alguna más, pero sólo porque alguien experimente un momentáneo destello de excitación, se dijo, no significa que tenga intención alguna de hacer algo para que ese destello se plasme en algo concreto. Además, tenía la impresión de que ningún hombre podía permanecer mucho tiempo inmune al implacable encanto de una mujer semejante. Aun así, le asaltó un leve sentimiento de culpa y se recordó que debía llamar a Patricia en cuanto estuviera instalado. Quizá, pensó, aquella reacción suya respondía a cierto resentimiento porque le había sorprendido la frialdad y la falta de tacto y empatía de su prometida cuando le comunicó la noticia de la desaparición de Cordelia. No obstante, lo cierto es que Patricia estaba muy estresada con el asunto de la organización de la boda, así que Gabriel había decidido no tenérselo en cuenta. Una vez más, como tantas otras, Gabriel había colocado una tapa sobre su indignación hirviente, que se consumía a oscuras.



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