Tras recoger su maleta e introducirla en el maletero, la morena se presentó como Helena, la mejor amiga de Cordelia. Ambas habían vivido juntas en un pueblo en el noreste de la isla, a media hora en coche.

– ¿Has leído algo en los periódicos? -No le miraba mientras hablaba, atenta a la carretera-. Tengo entendido que la prensa de tu país, la televisión, ha comentado el asunto.

– No en detalle. Ni siquiera mencionaban el nombre de mi hermana, gracias a Dios. Aunque sí decían que entre los posibles desaparecidos se encontraba una ciudadana británica.

– Trataré de resumírtelo, entonces. Como ya sabes, hasta el momento han aparecido en la playa los cuerpos de siete ciudadanos alemanes. Los siete pertenecían al mismo grupo de meditación, Thule Solaris, y al parecer vivían en la casa de la directora del grupo, Heidi Meyer. Estamos hablando de una secta, en realidad, pero el grupo nunca se inscribió como iglesia ni nada por el estilo. En la práctica, se trataba de personas que convivían en la misma casa sin que existiera ningún registro, contrato de alquiler ni documento similar que los vinculara. Parece que allí vivían unas treinta personas.

La voz de Helena era baja, profunda casi, con cierto revestimiento áspero, como de terciopelo que forrara un guante de cuero.

– Entonces, ¿por qué los medios hablan de una secta?

– Verás, hay muchas sectas que se instalan aquí, en la isla de Tenerife. Cerca de Candelaria, por Grandilla, por Abona o más al norte, en el valle de la Orotava, en Icod, en Garachico, hasta en el Puerto de la Cruz -a Gabriel los nombres no le decían nada, pero supuso que hablaba de poblaciones canarias-, y va ha habido un par de suicidios masivos. Aquí hay tradición, desde los años sesenta, de acoger todo tipo de sectas milenaristas. Suelen ocupar casas apartadas en el interior, donde nadie los ve, sin vecinos…

– Sí, supongo que lo lógico será buscar un sitio apartado, claro…



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