Habría aprobado a Francesca Bridgerton. Seguro que la abuela Stirling habría arrugado altivamente la nariz al enterarse de que el padre de Francesca era un simple vizconde, pero los Bridgerton eran una familia muy antigua e inmensamente popular y, cuando les daba la gana, poderosa. Además, Francesca llevaba la espalda muy erguida, se comportaba con orgullo y tenía un sentido del humor irónico y subversivo. Si tuviera cincuenta años más y no fuera tan atractiva, habría sido una muy buena acompañante para la abuela Stirling.

Y ahora Francesca era la condesa de Kilmartin, casada con su primo John, que era un año menor que él, aunque en la familia Stirling siempre se le había tratado con la deferencia debida al mayor, ya que era el heredero, después de todo. Sus padres eran hermanos gemelos, pero el de John entró en el mundo siete minutos antes que el suyo.

Los siete minutos más cruciales en su vida, aun cuando por esa época él aún no había nacido.

– ¿Qué haremos para nuestro segundo aniversario? -preguntó Francesca, atravesando el salón para ir a sentarse ante el piano.

– Lo que tú quieras -contestó John.

Entonces Francesca se giró a mirar a Michael, el color azul de sus ojos vivo, vivo, incluso a la luz de las velas. O tal vez era que él sabía lo azules que eran sus ojos. Por entonces parecía soñar en azul; azul Francesca deberían llamar a ese color.

– ¿Michael? -dijo ella, indicando con el tono que era una repetición.

– Lo siento, no estaba escuchando -contestó él, esbozando su sonrisa sesgada, lo que hacía con frecuencia.

Nadie lo tomaba en serio cuando sonreía así, y de eso justamente se trataba.

– ¿Se te ocurre alguna idea? -preguntó ella.

– ¿Para qué?

– Para nuestro aniversario.

Si ella le hubiera arrojado una flecha no podría habérsela enterrado en el corazón con más fuerza. Pero se limitó a encogerse de hombros, puesto que era tremendamente bueno para disimular.



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