Calum se humedeció los labios.

– ¿Y qué será de ese joven, si yo me quedo con su cuerpo?

– Por supuesto, tomará el tuyo.

– Morirá de una forma horrible.

– ¿Te estás muriendo? -Harkon se puso en pie y retrocedió hasta el pie del lecho.

– Sí.

– Pero, Calum, ¿acaso no tenías la intención de devolver el cuerpo al muchacho, al igual que yo pienso devolver a Konrad el suyo?

Calum observó el hermoso rostro. Los ojos oscuros se burlaban de él. Sabía que, una vez que hubiera probado la libertad de un cuerpo nuevo y sano, en ningún caso querría regresar a la mortaja que era el suyo propio. Quería vivir. Pero ¿a qué precio?

– Nadie aceptará semejante trato.

– Te garantizo que el joven sí.

– ¿Cómo podría querer regresar a este sufrimiento cuando vuelva a ser libre? -Calum cerró los ojos-. No sería lo suficientemente fuerte para tomar esa decisión.

– Entonces deberás tomar otra distinta, Songmaster -repuso Harkon.

Calum abrió los ojos para encontrarse con la alta figura que se alzaba sobre él.

– ¿Qué quieres decir?

Harkon le ofreció su consabida sonrisa.

– Quedarte con el cuerpo, volver a ser joven y sano. Escapar de este caparazón de muerte.

– ¿Y qué hay del joven?

– Morirá.

– ¿Lo eliminarás?

La sonrisa se hizo más amplia.

– Haría lo que fuera por volver a verte sano y en buen estado, amigo mío.

– Tampoco tienes previsto devolverle el cuerpo a Konrad, ¿me equivoco?

Harkon esbozó una suave sonrisa.

– Oh, Calum, ¿realmente quieres saberlo?

No, decidió Calum, en realidad no deseaba saberlo. Estaban hablando del mal. Tan atroz como cualquier otra de las formas del mal contra las que él mismo había luchado. No sabía por qué razón Harkon insistía en perpetrar aquella hechicería, pero él, Calum Songmaster, no robaría la juventud, la vida de otro ser humano. Era una monstruosidad.



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