
– Es atractivo, joven, fuerte; puede viajar más allá de las fronteras de Kartakass. No puedes negarme que, como bardo, nunca deseaste escapar a esta prisión, recorrer los países de los que te hablaron tu amigo Jonathan y su mujer gitana. Las canciones que podría cantar. Las historias que todavía quedan por narrar. Piensa en ello, Calum.
– Pero ¿por qué poseer su cuerpo? ¿Qué será de Konrad cuando tú estés en su interior?
– Él se quedará con mi cuerpo.
Harkon se deslizó alrededor del lecho. Calum sólo podía mover los ojos para intentar seguir al bardo.
– ¿No crees que es un cambio justo?
Calum en efecto así lo creía. El cuerpo de Harkon también era fuerte y sano.
– Si en verdad dispones de un… hechizo que pueda intercambiar vuestros cuerpos sin que Konrad salga perjudicado, ¿por qué no le preguntas a él? ¿Por qué no pedir su colaboración?
– ¿Realmente crees que aceptaría? ¿Nuestro airado y honorable Konrad?
– ¿Acaso alguien aceptaría?
Harkon tomó asiento al borde del lecho. Ese simple movimiento hizo que Calum diera un grito ahogado.
– Ay, amigo mío -dijo Harkon-, ¿acaso te hice daño al sentarme? -Se inclinó hacia adelante con semblante preocupado.
Calum no quería que aquel hombre lo tocara. Sabía que la mirada de preocupación desaparecería al instante, ahuyentada por cualquier nueva emoción que irrumpiera en la mente de Harkon. Era tan voluble como una brisa primaveral, e igualmente poco fiable.
La mano de Harkon volvió a descansar en su regazo. Sonrió a Calum.
– Encontré un cuerpo para ti. Un hombre de algo más de veinte años. Alto, fuerte, de buena salud, atractivo. Es un poco más bajo de lo que eras en tu juventud, más delgado, pero tal vez incluso un poco más atractivo.
Volver a la juventud, con toda la vida por delante, y la sabiduría de un anciano; abandonar su cuerpo atormentado por el dolor. Era una oferta tentadora, y Harkon lo sabía. ¿Por qué no?
