Sus pequeñas y finas manos se movían frente al fuego, con las puntas de los dedos muy abiertas, tan cerca de las llamas que su calor reverberaba sobre la piel. Con la mirada fija en las llamas danzantes, puso en contacto las yemas de los dedos. Giró las muñecas hacia afuera, de forma semejante a los pétalos de una flor que se despliegan. De las puntas de los dedos brotaron imágenes. Un hombre diminuto pero perfectamente formado empezó a caminar hacia las llamas. Era como si el fuego fuera un espejo titilante en el que se reflejaba aquel hombre.

Llevaba un abrigo de pieles blancas, con la capucha echada hacia atrás, dejando al descubierto una media melena rubia, hasta la altura de los hombros. Sus cabellos eran del mismo color oro pálido que el sol de invierno. El hombre se abría paso a través de la nieve que le llegaba hasta las rodillas, rodeado de árboles que el invierno había desnudado. Elaine susurró:

– Blaine.

Un segundo hombre caminaba junto a él. Llevaba un sombrero de tres picos sujeto a la cabeza mediante una bufanda multicolor. La empuñadura de un mandoble sobresalía por el cuello de su abrigo.

– Thordin.

Los dos hombres pasaron por debajo de un árbol muy alto, que sobresalía entre los demás como un gigante en Liliput. Había sido fulminado por un rayo hacía ya dos años, pero sus ramas desnudas y sin vida seguían sirviendo como punto de referencia en varios kilómetros a la redonda.

Las ramas se movían temblorosas, balanceándose por encima de ellos. Una de ellas empezó a descender, con un lento crujido que nada tenía que ver con el viento. La rama esquelética con sus ramitas heladas como dagas alcanzó a Blaine.

– ¡Blaine! -gritó Elaine.

Alargó las manos hacia las llamas como si pudiera llevarlo consigo hacia un lugar seguro. Las llamas lamieron las mangas de su toga. Las manos llegaron hasta la parte de atrás del hogar. El fuego llameaba alrededor de los hombros y de la cara.



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