
Unas manos la arrancaron del fuego.
– ¡Elaine!
Alguien envolvió la tela humeante con una manta y sofocó las llamas. La piel estaba intacta, protegida por su magia. Sus ropas no habían tenido tanta suerte.,
– ¿Me ves, Elaine? ¿Me oyes?
La muchacha miró hacia arriba parpadeando, hasta enfocar un rostro barbado. El aroma de un guiso hacía el aire denso y espeso, y se mezclaba con el del pan puesto a enfriar cerca de ellos. Elaine se vio envuelta por los familiares ruidos y olores de la cocina, y supo que se hallaba a salvo. Pero ése no era el caso de los otros.
– Ayúdalos, Jonathan…
– ¿A quién debo ayudar?
– Yo también he visto la visión. -El hijo mayor de la cocinera, que debía de tener por lo menos ocho años cumplidos, se arrodilló a su lado. Los demás niños se acurrucaron manteniendo una distancia prudencial.
– ¿Qué viste, Alan?
– El árbol gigante los atacó.
Jonathan miró a Elaine.
– ¿Es eso cierto?
– Sí.
Jonathan no arguyó que aquello fuera imposible.
– ¿Crees que tu advertencia ha llegado a tiempo?
Elaine se abrazó a él.
– No lo sé.
– ¿Qué quieres que haga?
– Busca a Blaine y a Thordin.
– Para cuando lleguemos al árbol gigante, el combate ya estará decidido.
Ella le introdujo la mano en la túnica. Su mirada parecía enloquecida.
– Entonces recuperad los cuerpos para darles sepultura.
Jonathan la miró fijamente, y asintió con un lento movimiento de cabeza.
– Eso sí puedo hacerlo.
Jonathan se volvió hacia el muchacho, Alan.
– Busca a Teresa y dile lo que has visto. Ella sabrá qué hacer.
El muchacho salió corriendo de la cocina.
– ¿Podrás incorporarte apoyándote en mí?
