
Elaine asintió.
Jonathan se irguió y la ayudó a ponerse en pie. La cocinera, Malah, acercó al fuego una silla con respaldo. Jonathan ayudó a Elaine a sentarse, y la arropó con la manta un tanto chamuscada. Malah le puso una taza de té caliente entre las manos.
Elaine la asió como si no tuviera asa, para calentarse así las manos heladas. Siempre tenía frío después de una visión. Con la ayuda de una manta, bebidas calientes o tras acostarse en la cama durante un par de horas, volvía a sentirse como nueva. Pero ese día había visto la muerte de su hermano. No estaba muerto todavía, pues en ese caso lo habría sabido, pero sí podía estar malherido, agonizando, mientras ella permanecía allí sentada, tomando su té. No podía permitirse el lujo de perder tiempo en recuperarse, de ser débil. Necesitaba saber qué le había pasado a Blaine.
Teresa entró en la cocina muy abrigada debido al frío. Llevaba un segundo abrigo en un brazo, que le tendió a Jonathan sin decir palabra.
Éste se puso el abrigo y se cubrió la calva con un gorro de lana.
– Voy con vosotros -dijo Elaine.
Jonathan interrumpió la acción de ponerse los mitones. Ambos se volvieron para mirarla.
– No te has recuperado de tu visión, Elaine. No estás preparada para un viaje -dijo Jonathan, mientras acababa de ponerse los mitones.
– Es mi hermano, la única familia que tengo. Debo ir.
– Retrasarás nuestra marcha -objetó Teresa.
– El combate habrá finalizado antes de que nadie pueda acudir en su ayuda. Eso es lo que dijo Jonathan. En ese caso, poco importa si retraso vuestra marcha, ¿no es cierto?
Sus palabras eran razonables. Mucho más de como se sentía Elaine en realidad. Podía notar las pulsaciones en la garganta. Si Blaine yacía sobre la fría nieve gravemente herido, no llegarían a tiempo. El frío acabaría lo que había empezado el árbol animado. Entonces, ¿por qué sentía un nudo en el estómago, el corazón desbocado? Debía ir con ellos. No podía quedarse allí esperando, a salvo, en la cocina.
