
Teresa miró a su marido.
– ¿Jonathan?
Parecía casi avergonzado.
– Es la verdad.
– No podemos esperar durante horas. Los lobos podrían dar con ellos, vivos o muertos.
– Por mí podemos partir ahora mismo -dijo Elaine.
La expresión en el rostro de Teresa era de franca duda, pero no quiso rebatírselo.
– Iré a buscar tu abrigo. Pero tendrás que estar lista para cuando vuelva. No esperaremos por ti, Elaine.
Dicho esto salió de la cocina con la espalda erguida. A Teresa no le gustaba esperar por nadie, especialmente cuando el motivo de la espera le parecía absurdo.
Elaine sabía que no era absurdo, pero también era consciente de que no podría explicarle el porqué a Teresa. Ni a Jonathan. Blaine podría haberla comprendido, pero se encontraba en algún lugar ahí fuera, en la nieve, sangrando, herido o tal vez algo peor. Elaine intentaba convencerse a sí misma de que si su hermano gemelo estuviera muerto lo sabría, pero por alguna razón dudaba incluso de ello. No estaba segura. Tras la visión, ya no confiaba en sus propias sensaciones. Las sensaciones eran traicioneras: podían hacerle sentir a uno lo que quería creer, no la realidad.
– No es su intención tratarte con tanta severidad. -Jonathan se quitó el gorro de lana, con la frente brillante por el sudor.
– Tengo que ir, Jonathan.
De un trago acabó de beber su té, y al hacerlo se quemó el paladar ya que todavía estaba hirviendo, pero necesitaba el calor. Lo cierto era que no se sentía lo suficientemente recuperada para salir, tal como afirmaba Teresa, pero eso no tenía importancia. Iría con ellos. Tenía que hacerlo.
Teresa regresó con un abrigo de pieles blancas idéntico al que Blaine llevaba en la visión. Elaine miró hacia arriba. No estaba completamente segura de poder levantarse, pero la expresión en el rostro de Teresa era inclemente. O se levantaba o no los acompañaría.
