Malah le tomó la taza de las manos. Su cara era neutral, pero los ojos denotaban preocupación. Siempre se ponía del lado de los niños, de cualquier niño.

Elaine se aferró a los brazos de la silla y se apoyó en ellos para incorporarse. Le temblaron los músculos. La manta cayó al suelo. Las manos siguieron apoyadas en los brazos de la silla todavía un momento; luego se incorporó sin ayuda, pero tuvo que agarrarse al respaldo para no caer. Las piernas le temblaban por debajo de las largas faldas. Tuvo que hacer uso de toda su fuerza de voluntad simplemente para permanecer en pie, con una mano firmemente apoyada en el pesado respaldo de la silla. No estaba segura de poder dar un paso, por no hablar de la caminata hasta el árbol gigante.

Teresa sostenía su abrigo a unos tres pasos de la silla, sin hacer el menor amago de acercarse a ella.

Jonathan permanecía de pie, incómodo, entre ambas.

– No hay tiempo para juegos, Teresa.

– En efecto, no podemos perder tiempo -replicó ésta.

Elaine tomó aire y lo soltó lentamente. Hizo un par de respiraciones profundas más para intentar contener el temblequeo de los músculos, deseando con todas sus fuerzas que la debilidad remitiera. Abandonó el respaldo, aunque los dedos seguían rozando la madera. Teresa suspiró. Elaine dejó caer la mano a un lado. Con las piernas bien apuntaladas, y la esperanza de que nadie pudiera ver cómo temblaban, por fin quedó de pie sin ayuda.

Teresa sostenía el pesado abrigo con el brazo extendido, como si éste fuera de una ligereza extrema.

Elaine dio un paso hacia adelante con sus tambaleantes piernas. No cayó. Dio un paso, luego otro y otro. Con una mano se apoderó del abrigo. Teresa depositó el abrigo con suavidad sobre los brazos de Elaine. Sonrió a la muchacha, lo cual hizo que sus oscuros ojos brillaran.

– Si tanto insistes, podemos buscarte un caballo. Y no tendremos que esperar.



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