
Teresa aceptó el paquete con una sonrisa.
– Ciertamente, tu comida lo es.
Malah se sonrojó ante el cumplido y regresó a su cocina. El aroma del guiso vegetal se extendió por toda la cocina cuando levantó la tapa de la olla para remover su contenido. Todavía tenía el cogote rojo debido al cumplido.
La puerta de la cocina se abrió dejando paso a un remolino de nieve. Una ráfaga de viento helado hizo que las hierbas que colgaban de las vigas se balancearan, avivando además el fuego, del que salieron disparadas chispas hacia el tubo de la chimenea. El mozo de cuadra entró dando un traspié y se sacudió la nieve de las botas.
– Estupendo, estás llenando de nieve el suelo limpio. -Malah avanzó indignada hacia el recién llegado, agitando el cucharón, del que caían gotas del guiso.
El mozo de cuadra profirió una enorme risotada.
– Malah, sabes que no puedo entrar por la puerta principal. ¿Dónde se supone que debo sacudirme la nieve de las botas?
La cocinera lo amenazó con el cucharón, cuya punta llena de salsa detuvo a un dedo de su nariz.
– Harry Fidel, no sabes cuál es tu sitio.
– Mi sitio es esta cocina de agradable aroma, siempre que consiga entrar en ella.
Teresa interrumpió su discusión.
– ¿Están listos los caballos, Harry?
Éste hizo una mueca a Malah, acercando la nariz peligrosamente al cucharón.
– Sí, eso es lo que he venido a decir.
– Entonces podemos irnos -intervino Konrad.
Y todos se dirigieron a la puerta. El aire gélido los frenaba como una pared invisible. Elaine se acurrucó en su abrigo, tiritando en medio de aquel ambiente glacial. Lanzó una mirada hacia atrás cuando Jonathan cerró la puerta. Harry, el mozo de cuadra, se había sentado en la silla con respaldo y tenía las piernas con las botas empapadas por la nieve estiradas ante el fuego.
Malah estaba rebañando un cuenco de guiso. Su enfado aparentemente había desaparecido.
