
Había enviudado hacía casi dos años. Blaine había dicho que ambos estarían casados antes de que acabase el año. Elaine no estaba tan segura, pero Blaine era mejor que ella adivinando el futuro de la gente. Siempre bromeaba diciendo que sus presentimientos sobre asuntos del corazón eran mejores que las visiones de Elaine, que tendían a ser más violentas que románticas.
Nada más atravesar la puerta, el viento ululó con fuerza, levantando la cristalina nieve y lanzándola por el aire. Los gélidos cristales se clavaron en el rostro de Elaine. Con un movimiento brusco, intentó protegerse del viento. Como resultado, la capucha cayó hacia atrás, y los cabellos se le enredaron sobre la cara, cegándola. El viento glacial le cortó la respiración. Luchó por volverse a poner la capucha. Algunos mechones de pelo quedaron adheridos a la piel, súbitamente helada.
El calor corporal, recuperado gracias a la manta y la taza de té, le fue arrebatado por el viento. De pie en el patio barrido por la nieve, Elaine se tambaleó.
De pronto, Teresa se encontraba junto a ella, agarrándola por el brazo. No le preguntó si se encontraba bien. Se limitó a llevarla hasta los establos.
Elaine tropezó; únicamente las manos de Teresa evitaron que cayera.
– Tienes que volver adentro, Elaine.
Intentó decir «no», pero de su boca no salió ningún sonido. Finalmente consiguió denegar con la cabeza.
Teresa la llevó al calor del establo y la obligó a recostarse contra la pared de madera.
– No puedes salir así.
– Dijiste… que podías echarme… sobre un caballo.
Teresa frunció el ceño.
– Pero no en sentido literal.
Elaine se limitó a mirarla; tiritaba demasiado para poder hacer nada más.
– ¿Qué le pasa? -preguntó Konrad, quien ya estaba comprobando los arreos del caballo. Siempre lo hacía, a pesar de que Harry era sumamente cuidadoso. Pero Konrad no confiaba en nada ni en nadie.
Elaine recordó cómo era antes de la muerte de su mujer. Antes sonreía, a veces incluso reía; confiaba en los demás y en su capacidad para hacer su trabajo. Ahora era un hombre adusto que aparentemente había perdido la fe. Su mujer había perecido en una emboscada, a traición. Pero nunca supieron quién los había traicionado. Blaine decía que aquello era lo que más había afectado a Konrad, que alguien en quien habían confiado los hubiera traicionado. **¡
