
Elaine no sabía si ésa era la razón, pero sí sabía que una parte de Konrad había muerto. La chispa del afecto se había ido a la tumba con su mujer.
La yegua de Elaine era de gran tamaño y ancha grupa. Blaine decía que se parecía a un caballo de tiro, pero Elaine no era tan buena jinete como su hermano, por lo que estaba encantada con la dócil yegua. Un caballo que podía caminar todo el día a un ritmo tranquilo, de cascos anchos y bien firmes, y una paciencia infinita. Todos los niños habían empezado a montar sobre su ancho lomo.
Teresa ayudó a Elaine a montar sobre su yegua. La joven se inclinó hacia adelante y se aferró a las duras crines, con la mejilla presionada contra el suave pelaje del cuello.
Teresa le colocó la capucha de nuevo en su sitio, rozándole la mejilla.
– Estás helada.
Elaine se dejó caer sobre el caballo. Tenía muchísimo frío. Lo único que seguía caliente eran los ojos, en los que se estaban formando lágrimas.
– Guía el caballo, por favor.
Teresa negó con la cabeza pero no le llevó la contraria. Deslizó las riendas sobre el cuello del caballo y montó en el suyo, con sendas riendas colgando entre ambos.
– ¿Crees que está en condiciones de partir? -insistió Jonathan.
– No -dijo Teresa-, pero viene con nosotros.
Konrad profirió un gruñido de desaprobación, pero no demasiado alto. Discutir con Teresa era sinónimo de perder el tiempo. Se abrieron las puertas exteriores, y los caballos empezaron a avanzar. Elaine sintió que la yegua se movía, pero su abrigo había caído hacia adelante y formaba una oscura cavidad alrededor de sus ojos, por lo que lo único que alcanzaba a ver era una estrecha franja de suelo. Cerró los ojos, e incluso eso desapareció.
