El viento golpeaba su pesado abrigo. Diminutas espirales de aire helado se deslizaban por debajo de las pieles y unos dedos congelados parecían querer introducirse por sus ropas, buscando su piel. Elaine sabía que no hacía tanto frío. Estaban en invierno, sí, pero no se trataba de una tormenta de nieve ni de un frío extremo. Y, sin embargo, lo sentía por todo el cuerpo, y la piel parecía congelada. Las lágrimas se helaron en sus mejillas. Era como si la visión le hubiera arrebatado todo su calor y protección contra el frío. Y el frío parecía ser consciente de ello, y estar ansioso por el roce de su piel. Cada bocanada de aire le resultaba sumamente dolorosa.

Los cascos del caballo sonaban amortiguados por la nieve recién caída, y Elaine sentía la cadencia de los andares de la yegua. Se aferró a la calidez y al balanceo, mientras el frío socavaba sus fuerzas con unas fauces invisibles. Para ella no había nada más en el mundo que el frío y el ritmo de su montura. En un apartado rincón de su mente, Elaine se preguntaba si moriría congelada. No, era imposible, tenía demasiado frío. ¿No decían que justo antes de morir congelado uno sentía calor? Los huesos de su rostro y de las manos, expuestos al frío, le dolían tremendamente.

Debió de quedarse dormida, porque de pronto se vio subiendo penosamente una cuesta. Si se encontraban en las montañas, debían de estar ya muy cerca. Elaine alzó el rostro. Sintió cómo el viento le golpeaba la cara, aunque el frío no se había intensificado. Pensó que era incapaz de sentir más frío. No podía abrir los ojos. Quiso tocarlos con una mano, pero éstas parecían estar congeladas y pegadas a las crines. Se inclinó para intentar restregarse los párpados contra el dorso de las manos, pues habían quedado adheridos por los cristales de hielo en que se habían convertido sus lágrimas.



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