
En el silencio de la habitación, el tapiz fue apartado con un ruido sordo y blando. Un hombre alto y esbelto se abrió paso a través de la entrada oculta. Su larga y gruesa cabellera era tan oscura que bajo la tenue luz del sol presentaba reflejos azulados. La barba y el mostacho cuidadosamente recortados enmarcaban un rostro atractivo, por el que algunas mujeres suspirarían en momentos románticos. Entró deslizándose en la estancia con sus andares gráciles y briosos. Fuera a donde fuera siempre entraba de ese modo, como si se tratase de sus aposentos privados, como si siempre llevase consigo su propio reino a su alrededor, de manera que siempre se sentía como en casa, a sus anchas.
Vestía una camisa de seda blanca, y sobre ella un chaleco rojo escarlata bordado en oro. También eran del mismo color los pantalones, metidos en unas resplandecientes botas negras. De la cadera pendía una espada ropera. En la mano, adornada con varios anillos destellantes, llevaba un sombrero a juego con una vistosa pluma negra.
– Y bien, Calum, ¿qué opinas ahora de tu joven amigo?
Su voz era la de un sonoro tenor, y contenía algo de la musicalidad con la que se ganaba la vida.
Calum estaba recostado sobre la espalda, sostenido por varios cojines que lo obligaban a mirar a aquel hombre.
– ¿Has venido a susurrar más mentiras a mis oídos?
– No se trata de mentiras, amigo mío, sino de promesas.
– ¿Qué quieres de mí, Harkon?
– Tu ayuda. -Harkon Lukas depositó el sombrero a los pies de la cama y se apoyó en uno de sus pilares.
– No puedo traicionar a mis amigos.
Harkon sonrió y su blanca dentadura brilló en su tez morena.
– Te di mi palabra de que ninguno de los demás saldrá perjudicado. Sólo quiero a Konrad Burn.
– ¿Por qué a él?
Harkon se encogió de hombros, un gesto en cierta manera gracioso en un hombre de aquella estatura.
