Respirar y seguir. De repente, Zarza se sintió asfixiada. Necesitaba salir del café, notar el aire frío de enero en las mejillas, caminar por la calle. Tragó el último mordisco de su bocadillo, pagó en la barra para no perder tiempo y abandonó el local. Eran las 9:35. Estaba decidido, se marcharía. Era lo mejor que podía hacer. Largarse de la ciudad, desaparecer al menos durante algunos días. Una vez lejos y a salvo, podría pensar con tranquilidad y encontrar una solución más definitiva. Sólo lamentaba poner en riesgo su empleo. A Zarza le gustaba su trabajo. Era una de las pocas cosas de su vida que le gustaban. Sacó del bolso el teléfono móvil que le habían dado en la empresa y llamó a la oficina; contestó Lola, la otra editora de la colección de Historia.

– Lola, no puedo ir a trabajar.

– ¿Qué te pasa?

– Cuestiones familiares. Una crisis. Mi hermano, ya sabes improvisó.

– ¿Pero es algo grave?

– Bueno, no sé, cosas de mi hermano. Al parecer está algo enfermo y me necesitan. Oye, una cosa, si alguien me llama… Si alguien me llama, tú di que me he ido de viaje fuera de la ciudad.

– ¿Cómo?

– Que si me telefonea alguien le digas que me he ido de viaje fuera de la ciudad, o, mejor, fuera del país, y que no sabes cuándo volveré.

– ¿Y eso?

– Nada, cosas mías. Lo más probable es que tenga que faltar varios días, díselo a Lucía.

– Se va a poner furiosa. Vas muy retrasada con el libro.

– Da igual. Tú díselo.

– No, si terminaré pringando yo…

Escuchó refunfuñar a Lola mientras colgaba. Nunca se habían llevado bien. Tampoco mal. Zarza no podía, no quena tener amigos.

Pero tenía a Miguel. Zarza advirtió que sentía una súbita necesidad de verle.



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