
Una familia acababa de sentarse en la mesa de enfrente, en su antigua mesa, sin advertir que estaba manchada de recuerdos. Se trataba de un padre y una madre de la edad de Zarza; una niña de unos diez años, otra quizá de seis, un bebé varón. El padre había puesto a su lado a la niña mayor, que era una princesita de cabellos largos y ondulados; la madre se instaló junto a la hija pequeña, pero enseguida se levantó para sacar al bebé de su carrito y mecerlo entre los brazos. La pequeña quedó sola en uno de los extremos de la mesa, sola y devorada por la soledad, toda rizos oscuros. Era más bien feota. Nadie parecía hacerle el menor caso, como a veces ocurre con los hijos medianos; pero era papá, sobre todo papá, quien concentraba todo su desconsuelo, ese papá que sólo tenía ojos y palabras para la princesita. La princesita y papá hacían un aparte amoroso e interminable, perfil con perfil, casi labios con labios, y la mano de papá acariciaba la melena dorada de la bella, los hombros, la cintura de esa nínfula cimbreante de caderas presentidas y prepuberales. La niña feota les miraba embobada con redondos ojos pedigüeños, pero los demás ni siquiera advertían su mirada. Entonces la feota derramó el vaso de leche sobre la mesa, pero eso sólo le valió un brevísimo rapapolvo del padre, ni siquiera medio minuto de interés; y luego papá siguió devorando con la mirada a su princesita, mientras mamá, ciega y sorda, se concentraba en arrullar al bebé, y la niña mediana, la olvidada, con un mugriento cartel de Feliz Navidad sobre la cabeza, añoraba la atención y el cariño de su padre hasta la más total desesperación, hasta la herida. Hasta desear, Zarza lo sabia, que papá viniera también a ella alguna noche; que la acariciara aunque fuera de aquella manera, de aquel extraño modo, con sus dedos cosquilleantes y pegajosos; aunque ella tuviera que callarse y todo fuera oscuridad, pero que papá la tocara y la quisiera, para poder calmar ese dolor.
