No quería marcharse sin despedirse. No podía desaparecer sin más ni más. Las 9:40. Las visitas comenzaban a las 10:00. Subió al coche y condujo a través del todavía abundante tráfico hacia la zona Norte, bajo un cielo triste de aspecto mineral. Por las ventanillas de los otros vehículos asomaban unas caras de expresión tensa y sombría, caras de resaca de fiesta, abrumadas por ese exceso de realidad que se precipita sobre las cosas en las desnudas mañanas del invierno.

Nadie había recogido las hojas caídas el pasado otoño en el pequeño jardín de la Residencia, y ahora la alfombra vegetal estaba toda embarrada y medio podrida tras las últimas lluvias. Tampoco recortaban los setos lo suficiente, ni replantaban el césped. A juzgar por el jardín, la Residencia era un lugar un tanto descuidado. Se trataba de un mazacote rectangular construido en los años treinta; la puerta principal se alcanzaba por medio de una escalinata doble, con barandilla de hierro, que era el único adorno de la fachada. Zarza llamó al timbre y esperó a que le abrieran atisbando a través de las ventanas, carentes de visillos y con barrotes.

– Hola. Venía a ver a Miguel.

– Buenos días, señorita Zarzamala. Está en el salón de juegos.

Lo que la enfermera llamaba pomposamente el salón de juegos era un cuartucho de mediocres dimensiones consuelo de corcho y las paredes blancas. Había un sofá algo desvencijado, dos mesas camillas con cuatro o cinco sillas cada una, una librería tubular con algunos libros y cajas de juegos: rompecabezas, parchís, construcciones. En una esquina, un pequeño teclado electrónico con su correspondiente taburete. Por lo menos hacía calor, en realidad mucho calor, un ambiente de estufa. Zarza se quitó el chaquetón y se acercó a su hermano.

– Hola.

No le tocó. Miguel detestaba ser tocado.

El muchacho la miró con aparente indiferencia. Estaba sentado a una de las mesas, junto a un juego de construcciones de madera cuyas piezas, ordenadas con esmero dentro de su caja, parecían no haber sido usadas nunca. Seguramente la enfermera había aparcado a Miguel en esa silla media hora antes y no había vuelto a preocuparse de él.



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