
– ¿Vas a jugar a las construcciones?
Él negó con la cabeza y le enseñó lo que llevaba en la mano. Era un cubo de plástico compuesto de pequeños cuadrados de seis colores.
– Ah, tu cubo de Rubik… Muy bien, estupendo. Ese juego sí que es interesante y divertido…
Qué ironía: había sido precisamente él quien había regalado a Zarza el Rubik muchos años atrás, a modo de malicioso reto intelectual. Era un rompecabezas endiablado, un pasatiempo perverso inventado en 1973 por Erno Rubik, un arquitecto húngaro; los pequeños cuadrados eran en realidad cubos que giraban sobre sí mismos, y el asunto consistía en conseguir que todas las caras del poliedro grande tuvieran colores homogéneos: una toda roja, otra toda verde, otra toda blanca… Zarza lo intentó durante muchos meses y jamás lo logró. Un fracaso comprensible, puesto que el Rubik tiene 43.252.003.274.469.856.000 posiciones distintas, y sólo una de ellas corresponde a la solución; esto es, a la exacta y armoniosa distribución de un color por cara. Ponerse a girar el artefacto al azar, por consiguiente, no lleva a ningún lado: si una persona hiciese diez movimientos por segundo, sin pausa ni descanso, tardaría 136.000 años en ejecutar todas las combinaciones posibles. Zarza se acabó hartando de ese martirio y olvidó el rompecabezas, que anduvo dando tumbos por la casa durante cierto tiempo. Pero un día Miguel descubrió el cubo y quedó embelesado. Desde entonces había sido su objeto preferido; siempre estaba haciendo rotar los pequeños dados de colores con sus manos quebradizas y un poco torpes. Como ahora.
– Toma. Te lo dejo un rato -dijo Miguel de pronto, extendiendo el Rubik hacia ella.
Zarza sabía que eso era una considerable muestra de cariño, así que lo cogió.
