
Gitano, gitanito, me llamaban mis hermanos, y él les mandaba callar, y luego venía hacia mí, y me abrazaba. No les hagas caso, Álvaro, tú eres
como yo, ¿no lo ves? Con el tiempo, aquello había acabado siendo más cierto que nunca. El padre Aizpuru tenía razón, yo no soy como mis hermanos, ni siquiera me parezco a ellos. Rafa, el mayor, cuarenta y siete años, siete más que yo, seguía siendo rubio incluso después de quedarse calvo. Al lado de mi madre, serio, casi rígido, imbuido de la solemnidad de la ceremonia, era un hombre alto y avejentado, con los hombros estrechos en relación con su estatura y una barriga impropia de su delgadez. Julio, el tercero, tenía tres años menos y un aspecto casi idéntico, aunque los signos de la edad avanzaban mucho más despacio a través de su rostro, de su cuerpo. Entre ellos había nacido Angélica, la doctora Carrión, que tenía unos ojos distintos, casi verdes, y envidiaba mi pelo, el suyo fino, frágil, quebradizo. La misteriosa sangre de los Otero, de los Fernández, había dado mejores resultados en las mujeres que en los hombres. Mis hermanos no eran demasiado atractivos, pero mis hermanas eran muy guapas, Clara, la pequeña, muy rubia también aunque tuviera los ojos de color miel, hasta espectacular. Y luego estaba yo, tan corriente en la calle, en el parque, en el colegio, pero tan extraño en mi casa como si viniera de otro planeta, tan parecido a mi padre sin embargo. Cuatro años después de que naciera Julio, cinco años antes de que naciera Clara, aparecí yo, con el pelo negro, y los ojos negros, y la piel oscura, y los hombros anchos, y las piernas peludas, y las manos grandes, y el vientre liso, Carrión perdido, más bajo que mis hermanos, apenas tan alto como mis hermanas, diferente.
