Entonces comprenden la verdad, que soy un hombre corriente, razonable, incluso vulgar, o al menos lo fui hasta aquella mañana, cuando mi única extravagancia, una aversión morbosa a los entierros, precipitó mi ánimo desde la tristeza honda y universal de los supervivientes a un misterioso estado de alerta sensorial, cuya responsable debió de ser en parte la pastilla que Angélica se empeñó en que me tomara con el desayuno. Tú no has llorado, Álvaro, me dijo, tómate esto, que te vendrá bien. Era verdad que no había llorado, yo lloro poco, muy poco, casi nunca. No le pregunté a mi hermana lo que era y tampoco estoy seguro de que no fuera mi propio dolor el que se interrumpió a sí mismo, cesando de repente a favor de lo que después sólo podría explicarme como un súbito exceso de conciencia, una mirada concentrada y distante al mismo tiempo que se dejó capturar por las rodillas anchas, abultadas y pulposas de las mujeres del pueblo de mi padre, antes de diseccionar con el mismo imprevisto bisturí los rostros y los cuerpos de mi propia familia.

Estaban allí, y de repente podía mirarles como si no los conociera. El padre Aizpuru no se callaba nunca, y a su lado mi madre miraba al horizonte con sus ojos acuáticos, esa mirada azul de mujer extranjera que seguía siendo joven en un rostro de anciana, la piel transparente, tan fina que parecía a punto de romperse, cansada de arrugarse, de doblarse sobre sí misma en abanicos concéntricos de infinitesimales pliegues. [20] Las arrugas de mi madre no tenían carácter, sus ojos sí, porque parecían dulces pero sabían ser duros, y eran astutos con la ventaja de su color inocente, y al reír eran bellos, pero la cólera los iluminaba desde dentro con una luz más pura, aún más azul. Todavía era una mujer guapa, mi madre, lo había sido tanto, tan rubia, tan blanca, tan exótica, Angélica Otero Fernández, sueca imaginaria, toda una rareza.



9 из 1193