
El día del entierro de mi padre, en el cementerio de Torrelodones, aún no sabía hasta qué punto aquella diferencia llegaría a ser dolorosa. [21] Aizpuru no se callaba nunca, y no se callaba el viento, que estremecía todas las cosas excepto las nubes que a lo lejos seguían deshilachándose despacio, sin llegar a filtrar el brillo líquido de las últimas nieves. Tendrías que haber estado en Rusia, en Polonia, me habría dicho él, porque hacía frío, yo tenía frío, a pesar de la bufanda, de los guantes, de las botas, llevaba las manos en los bolsillos y todos los botones abrochados, aunque no fuera rubio, aunque no fuera pálido, aunque no me pareciera a mis hermanos. Ellos también tenían frío, pero disimulaban, los hombros erguidos en una posición casi marcial y las manos unidas, sujetándose entre sí por encima del abrigo. Mi padre habría adoptado la misma postura en el último entierro al que hubiera acudido, y su aspecto habría sido parecido, parecidos sus guantes, sus gestos, tan distintos de la paciente resignación que fortificaba la mirada de Anselmo, de Encarnita, unos ojos que no tenían prisa porque no esperaban ya que nada les sorprendiera, que se humillaban sólo frente al tiempo y extraían arrogancia de su inmenso cansancio para mirar sin ganas el mundo de los otros. Ésa era la condición que mi padre había perdido, pensé entonces, porque él había vivido otra vida, había tenido más suerte, y el dinero no compra la felicidad, pero sí la curiosidad, y la vida en las ciudades no es sana, pero tampoco es aburrida, y el poder envilece, pero también ejercita la sutileza, y él había tenido mucho dinero, mucho poder, y había muerto sin conocer la condición vegetal, mineral quizás, en la que la vida había precipitado a aquellos niños que jugaron con él y ahora, en el instante de su definitiva desaparición, habían venido a reconocerle como a uno de los suyos.
