
Después de eso no se atrevió a correr más riesgos. Aquella tarde, cuando salió a dar su paseo diario de una hora hasta Penn Station, cogió el aparato. Lo llevó a la cafetería que solía frecuentar, cerca de las taquillas del ferrocarril de Long Island, y se lo devolvió al cajero sudanés que se lo había prestado. A Antar sólo le faltaba un año para jubilarse, y si le reducían el coeficiente de la pensión no podría incrementarlo de nuevo. Desde hacía años soñaba con dejar Nueva York, volver a Egipto y abandonar para siempre su decrépito apartamento, donde lo único que veía al mirar a la calle era una sucesión de ventanas cubiertas de tablas en la fachada de edificios casi tan vacíos como el suyo.
A raíz de aquello abandonó los intentos de ser más listo que Ava. Volvió a dedicarse a su trabajo, examinando pacientemente los interminables inventarios, preguntándose para qué servía todo aquello.
Años atrás, en Egipto, cuando Antar era niño, apareció una arqueóloga en el villorrio donde vivía su familia, un trozo de tierra reclamada por el desierto, en el extremo occidental del Delta del Nilo. Era una emigrada húngara, muy vieja, con una piel tan frágil y llena de venas como una hoja seca de eucaliptus. En la aldea nadie era capaz de pronunciar su nombre, así que la llamaban Al-Magari, la Húngara.
La Húngara fue a la aldea en varias ocasiones a lo largo de varios meses. Al principio iba acompañada de un pequeño equipo de ayudantes y peones. Cubierta con un enorme sombrero, se sentaba en una silla con respaldo de lona y dirigía las excavaciones mediante un bastón con puntero de plata. A veces pagaba a Antar y a sus primos para que echaran una mano, al salir del colegio o cuando sus padres les dispensaban de las tareas del campo. Después, los niños se quedaban por allí, sentados en círculo, a mirar cómo ella escudriñaba la tierra y la arena con cepillos y pinzas, examinando el polvo con lupa. 