-Pero ¿qué hace? -se preguntaban-. ¿Para qué es todo eso?

Las preguntas solían ir dirigidas a Antar, porque él era el que contestaba a todo en el colegio. Lo cierto era que Antar no lo sabía; precisamente estaba tan intrigado como ellos. Pero tenía que mantener su reputación, de manera que un día respiró hondo y anunció:

-Ya sé lo que están haciendo: contando polvo. Son contadores de polvo.

-¿Qué? -dijeron los otros, confundidos, así que les explicó que la Húngara contaba polvo igual que los ancianos pasaban las cuentas del rosario. Le creyeron porque era el chico más listo de la aldea.

Una tarde el recuerdo se apoderó furtivamente de Antar, una visión de arena y ladrillos de adobe y crujientes ruedas hidráulicas bajo un sol deslumbrante. Había estado luchando por mantenerse despierto mientras un inventario especialmente largo pasaba destellando. Era de un edificio administrativo que se había apropiado el Consejo Hidráulico Internacional, una pequeña y lastimosa Oficina de Extensión Agraria de Ovambobia o Barotselandia. Los funcionarios de investigación pasaban por Ava todo lo que encontraban, todos los interminables desechos de la burocracia del siglo xx: clips, carpetas, disquetes. Al parecer, creían que cualquier cosa hallada en lugares como aquél tenía relación con la disminución de la reserva de agua mundial.

Antar nunca había llegado a entender por qué se tomaban tanto trabajo, pero aquella mañana, pensando en la arqueóloga, de pronto lo comprendió. Consideraban que estaban haciendo Historia con sus vastos experimentos de control hidráulico: querían registrar hasta el más minúsculo detalle de lo que habían hecho, de lo que iban a hacer. No querían que un historiador pasase el polvo por un tamiz, buscando el significado, querían hacerlo ellos: querían ser ellos quienes atribuyesen un significado a su propio polvo.



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