
Con un sobresalto, se enderezó en el asiento y, en árabe, dijo: «Eso es lo que eres, Ava, un Contador de Polvo, ‘Addaad al-Turaab.»
Fue un murmullo, pero Ava lo oyó de todas formas. Antar hubiera jurado que la máquina se había sobresaltado realmente: su «mirada», una cámara de vigilancia guiada por láser, giró hacia él mientras la pantalla se nublaba con símbolos de espera. Entonces Ava empezó a soltar traducciones de la frase árabe, pasando por todas las lenguas del globo en orden decreciente de población: mandarín, español, inglés, hindi, árabe, bengalí… Al principio era divertido, pero cuando llegó a los dialectos de la alta Amazonia Antar ya no pudo soportarlo más.
-Deja de presumir -gritó-. No necesitas demostrarme que lo sabes todo, Iskuti; cierra el pico.
Pero fue Ava quien le hizo callar a él, repitiéndole las frases con toda calma. Antar escuchó pasmado mientras «cierra el pico» adquiría el follaje del alto Amazonas.
2
Antar estaba a punto de acabar cuando la tarjeta de identidad y la cadena aparecieron en la pantalla. Desviaba continuamente la vista hacia la línea de información horaria; había contado con terminar unos minutos antes. Su vecina, una joven que se había mudado unos meses antes al apartamento de al lado, se había autoinvitado a ir a su casa aquella noche. Llevaría la cena. Antar quería tener tiempo para sus cosas antes de que ella llegara: pensaba darse una ducha y salir a dar su habitual paseo hasta Penn Station. Aún le quedaba media hora para marcharse, a las seis. 