Aquella vez la madre se olvidó de la pregunta que había quedado en el aire.

En ocasiones el aire recoge conceptos que jamás vuelven a surgir.

Pocas veces se recupera lo que el recuerdo ventolero esfuma al arrimo del vacío.

Y la madre de Manuel dejó de pensar en la respuesta que debía darle al hijo.

Aquel verano fue tranquilo. Elena decidió cerrar la tienda y alquilar un apartamento sencillo ubicado en cierto pueblo pequeño que también tenía mar.

Compró un flotador para ella y otro para el niño. Ninguno sabía nadar, pero compartían con los bañistas que los rodeaban juegos, risas, escalofríos y ciertos compañerismos que acabaron en amistades aparentemente sólidas.

En el grupo se apiñaban niños de la edad de Manuel y padres de la edad de Elena.

Fue un verano alegre sin incidentes graves y exento de preocupaciones.

Otra vez el mar. Para Elena fue de nuevo algo digno de ser contemplado y admirado. Los cambios de la masa líquida eran constantes. Mirarla suponía vislumbrar infinidad de sensaciones nuevas que enriquecían la vista y despertaban clamores internos. A veces era lisa como una pista de hielo azul. Otras en cambio se encabritaba ligeramente formando corderitos blancos, y otras se enfurecía alzando olas que inundaban la playa para retroceder y llenar de aire las parcelas lejanas que rompían los bultos hinchados del agua al llegar a la orilla formando espumas blancas un tanto furiosas.

También aquello servía para divertir a los bañistas. Generalmente eran los padres los que, para jugar con sus pequeños, desafiaban el oleaje alzando a sus hijos para rehuir las salpicaduras.

Y de nuevo la pregunta vedada:

– ¿Por qué no viene mi padre a jugar conmigo?

Elena una vez más procuró desviar la respuesta.

– Para eso está tu madre. Yo jugaré contigo.



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