
Y jugaba, lo alzaba, lo besaba. Pero Manuel se decía que aquellos juegos de la madre no eran similares a los que realizaban los padres de los otros niños.
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Así comenzó de nuevo la cantinela de Manuel: Cualquier contingencia lo ponía en trance de reclamar a su padre.
Él no era una niña. Él era un niño y como tal precisaba un padre.
Incluso a veces, en la soledad de su cuarto, contemplaba el cuadro que se había salvado del huracán y hablaba con él.
Su madre lo había colgado en la pared sobre la cabecera de la cama para que velara por él. A Manuel aquel rostro no le era familiar. Su mirada parecía contemplar al niño con verdadero amor de padre. Incluso a veces sonreía. Era un cuadro con vida.
El niño lo miraba con ilusión: "Hola padre", le decía. Y se liaba a hablar con el cuadró como hacían otros niños con sus padres.
Le contaba sus pequeños secretos, sus travesuras, sus ganas de jugar con él.
– Mamá no me quiere decir donde estás, pero yo te encontraré -le decía.
Según el humor que se apoderaba de él, incluso se enfrentaba al cuadro, y volcaba los sentimientos convencido de que el padre le escuchaba:
– Hoy estoy enfadado -le decía-, un niño me ha pegado y yo también lo he pegado a él. Pero la maestra me ha castigado a mí. Eso no es justo, ¿verdad, papá?
Otras veces, se declaraba feliz: "La maestra me puso la mejor nota por mi dibujo y mamá dice que seré un gran pintor."
Hablar con su padre pronto se convirtió en una costumbre. No lo consideraba un monólogo. Manuel tenía la convicción de que el hombre del cuadro lo escuchaba.
Según discurría, Manuel se daba a sí mismo la réplica. La cuestión era mantener con su padre una conversación jugosa, íntima y muy propia de un padre con un hijo.
En cierta ocasión el niño le preguntó por qué nunca lo veía. Y él padre le contestó que lo buscara. "Si me buscas me encontrarás" -le dijo.
