Lo peor era escuchar aquel adiós ventolero que se alejaba de allí y que parecía asumir los gemidos humanos y los aullidos de los perros.

Elena trató de levantarse para socorrerlos. No se movían, no se quejaban. Tenían los ojos abiertos pero el alma huida.

Aterrada, Elena buscó ayuda pero no sabía cómo. Las ayudas eran imposibles. Además los seres que caminaban y se movían, no se percataban de su soledad.

También ellos estaban solos. También ellos precisaban atenciones. Nadie pensaba en otro alguien. Sólo existían ellos, los vivos, los mimados de aquel desastre. Los que el azar había salvado de una muerte cruel e inesperada.

De pronto Elena descubrió que la mayoría de los edificios se habían derrumbado, que los vehículos amontonados junto al río eran chatarra, que los postes de electricidad eran palos caídos y que el puente ya no tenía baranda.

Algún vecino caminaba buscando un hueco donde cobijarse. Pero los cobijos ya no servían. El huracán se alejaba tierra adentro tal vez ansioso de destruir otro pueblo.

Se acercó Elena a un grupo de vecinos que se apiñaban junto a la puerta de la iglesia. Allí el huracán no se había ensañado como con el resto de las viviendas.

No hablaban: miraban, temblaban y alguno lloraba.

El cura del pueblo sugirió rezar. Entraron en la nave y rezaron.

Elena se dejó caer en un banco. Recordó a sus padres muertos y rompió a llorar.


***

Durante algunos días la confusión del pueblo tuvo varias facetas. Primeramente hubo una gran nube de desorientaciones, equívocos y afán de supervivencia. Luego las conciencias se llenaron de remordimientos. Eran unos remordimientos entre vagos y llenos de autoacusaciones.

El cura se hartaba de oír confesiones al tiempo que llegaban auxilios y las autoridades se volcaban en ofrecer ayudas precipitadas y ordenar atenciones psicológicas para los más perjudicados.

También llegaron víveres, agua potable, mantas, colchones y tiendas de campaña. Lo que jamás llegaba para Elena era el despertar de aquella angustia tan llena de horrores.



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