
Todavía aturdida y despegada de sí misma, trataba de convencerse de que aquella pesadilla era sólo un sueño que pronto volvería a la normalidad cotidiana, y el cauce de su vida continuaría como si el huracán fuera sólo una quimera despegada de la realidad.
Pero a veces las quimeras son implacables y exigen protagonismos difíciles de evitar. No obstante hubo cierto renacer dentro de lo perdido.
Tanto las autoridades como el cura se hartaban de hacer promesas y asegurar que todos los sobrevivientes del pueblo destruido serían rehabilitados y compensados, pero las compensaciones no podían restituir los objetos perdidos por la fuerza de una naturaleza enfadada.
Todavía algo, esperanzada, Elena llegó al lugar donde se había alzado su casa.
Nada estaba en su sitio, nada tenía una razón de ser.
Sólo se habían salvado del desastre un, cuadro pequeño, un reloj de pared tumbado y varios objetos sin importancia que Elena no quiso recuperar. Únicamente abrió el cajón de un mueble donde se guardaba el dinero. También se llevó el cuadro. Luego regresó a la iglesia que junto con la escuela apenas había sido dañada.
Sus padres fueron enterrados con muchos otros cuerpos, pero Elena ignoraba el lugar donde se hallaban.
Lentamente fue asimilando su realidad; se había quedado sola, sin familia, sin amigas, sin proyectos, sin su pueblo y sin una razón de ser. Pero ella vivía y no tenía más remedio que ajustar su trastocada vida a lo que la incógnita de su futuro le deparaba.
De pronto recordó que en la ciudad tenía una amiga. Se llamaba Tristana y durante algún tiempo intercambiaron cartas. Era algo mayor que ella, pero congeniaban y compartieron ideas, costumbres y pareceres que las unificaban. Tristana le habló de su ciudad, del mar que las cercaba y de la profusión de casas, tiendas y edificios bellos que rodeaban sus calles bien asfaltadas. Y también de su empresa: No dijo de qué se trataba, pero decía que era muy rentable.
