Elizabeth tenía una sola posibilidad de evadirse de ese alboroto doméstico: sus visitas a la tienda de la señorita MacTavish, que estaba frente a la plaza principal de Kinross. Era una casa pequeña, cuyo salón, que daba a la calle, tenía una gran vidriera en la que se podía ver un asexuado maniquí ataviado con un vestido de tafetán rosa de falda muy larga; después de todo, no había que ofender a la iglesia exhibiendo un maniquí con senos.

Las mujeres que no se cosían su propia ropa iban a la tienda de la señorita MacTavish, una dama soltera de casi cincuenta años que, tras recibir una herencia de cien libras, había renunciado a su empleo de costurera, había abierto su propia tienda y ahora se presentaba como modista. La tienda y ella habían prosperado, porque en Kinross había mujeres que podían pagar sus servicios, y la señorita MacTavish era lo bastante inteligente para mostrarles revistas de moda femenina que, según decía, le enviaban directamente desde Londres.

Con cinco de sus veinte libras Elizabeth había comprado tela de lana para tartanes en la fábrica, en la que gracias al puesto que ocupaba Alastair le habían hecho un módico pero nada despreciable descuento. Los tartanes, y cuatro vestidos de diario de un tosco hilo marrón, los cosería ella, lo mismo que sus bragas de percal crudo, sus camisones, sus blusas y enaguas. Cuando hubo sumado todo el gasto, descubrió que le quedaban dieciséis libras, que podría gastar en la tienda de la señorita MacTavish.

– Dos vestidos de mañana, dos de tarde, dos de noche, y tu traje de novia -dijo la señorita MacTavish, encantada con su nueva cliente. No iba a ganar demasiado, pero no era cosa de todos los días que una muchacha joven y muy bonita ¡oh, qué hermosa figura tenía!, cayera en sus manos sin que hubiera de por medio una madre o una tía que le arruinaran la diversión-.



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