Tienes suerte de que yo esté aquí, Elizabeth. -La modista siguió parloteando mientras blandía su cinta métrica-. Si hubieras tenido que ir a Kirkaldy o a Dumfermline, habrías terminado pagando el doble por la mitad de lo que yo te haré. Además, tengo algunas telas hermosas, muy adecuadas para el color de tu piel. Las bellezas morenas nunca pasan de moda, no se confunden con el entorno que las rodea. Aunque he oído decir que tu hermana Jean, ¡ella sí que es una belleza rubia!, sigue siendo la preciosidad de Edimburgo.

Elizabeth se estaba mirando en el espejo de la señorita MacTavish y apenas oyó la última parte de lo que decía la modista. James no toleraba los espejos en su casa y, en ese punto, había impuesto su voluntad a Mary, quien, cuando James llevó al doctor Murray como refuerzo, se vio obligada a instalar el espejo en su dormitorio. Belleza, reflexionó Elizabeth, era una palabra que la señorita MacTavish usaba con demasiada frecuencia, y que empleaba como una especie de bálsamo para aplacar los recelos de sus clientes. La verdad era que ella no veía belleza alguna en la imagen que le devolvía el espejo; aunque «morena» sí era un término bastante acertado para ella. Elizabeth tenía el cabello muy oscuro, las cejas y las pestañas espesas y oscuras, los ojos también oscuros, y un rostro común y corriente.

– ¡Oh! ¡Tu piel! -gorjeó la señorita MacTavish-. ¡Tan blanca, y tan inmaculada! No dejes que nadie te la cubra con maquillaje, arruinaría tu estilo. ¡Y ese cuello de cisne!

Una vez tomadas las medidas, la modista condujo a Elizabeth a la habitación en la que se encontraban las piezas de tela, dispuestas en diferentes estantes: las más refinadas muselinas, batistas, sedas, tafetanes, encajes, terciopelos, rasos. Carretes de cintas de todos los colores. Plumas, flores de seda.

Con el rostro iluminado, Elizabeth corrió hacia una pieza de tela de color rojo brillante.



11 из 594