
– ¡Elizabeth! ¡Entra! -gritó James desde la casa.
Elizabeth se apresuró a obedecer.
Los días pasaban volando y no concedían a Elizabeth tiempo para reflexionar. Por la noche, cuando iba a acostarse, trataba de quedarse despierta y pensar en su destino, pero en cuanto apoyaba la cabeza en la almohada el sueño la vencía. Todos los días asistía a alguna pelea entre James y Mary; Alastair, que se iba a la fábrica al amanecer y no regresaba hasta después del anochecer, podía considerarse afortunado. Hubo que llevar todo el mobiliario de Mary a su nueva residencia, y aquellos muebles reemplazaron a los de James, astillados y desvencijados. Elizabeth, por su parte, si no estaba subiendo y bajando a la carrera por la escalera con los brazos cargados de manteles o sábanas o ropa (incluidos los zapatos) o ayudando a acomodar el piano, el escritorio o el ropero, estaba fuera desplegando una de las alfombras de Mary en el tendedero y, luego, sacudiéndola a más no poder. Mary, que era una prima de la rama de los Murray, había aportado al matrimonio algunas posesiones, recibía una modesta pensión de su padre granjero y tenía más independencia de juicio de la que Elizabeth imaginaba que pudiera mostrar cualquier mujer. De hecho, ninguna mujer la había impresionado tanto como Mary desde que se instaló a vivir con Padre, quien, por cierto y como Elizabeth descubrió con asombro, no siempre ganaba las batallas. La mermelada siguió apareciendo en la mesa del desayuno todas las mañanas y también a la hora de la cena. Los niños se calzaban sus zapatos todos los domingos antes de asistir al oficio religioso en la iglesia del doctor Murray. Y Mary mostraba con coquetería sus bien formados tobillos realzados por un par de exquisitas sandalias de cabritilla azul de tacones tan altos que la hacían andar con pasos muy medidos. James se ponía rabioso la mayor parte del tiempo, a tal punto que su bastón pronto infundió en sus nietos un saludable temor, pero no tardó en darse cuenta de que Alastair estaba decididamente dominado por Mary.
