– ¡Esta, señorita MacTavish! -dijo con entusiasmo-. ¡Esta!

La cara de la costurera convertida en modista se puso roja como la tela.

– Oh, querida mía, no -dijo con voz ahogada.

– ¡Pero es muy hermosa!

– El color escarlata -dijo la señorita MacTavish empujando la impúdica pieza hacia el fondo del estante- no es para nada apropiado, mi querida Elizabeth. Tengo esa tela para ciertas dientas cuya, eh… cuya virtud no es lo que debiera. Naturalmente, ellas vienen a una hora concertada para evitar situaciones incómodas. ¿Tú sabes lo que dicen las Escrituras, niña, sobre la «mujer escarlata»?

– ¡Ohhhh!

De modo que lo más cercano al escarlata que Elizabeth pudo conseguir fue un tafetán de un color rojo herrumbre. Irreprochable.

– No creo -le dijo a la señorita MacTavish mientras bebían una taza de té, después de haber elegido las telas- que Padre apruebe ninguno de estos vestidos. No reflejarán mi verdadera posición social.

– Tu posición social -replicó con firmeza la señorita MacTavish- va a cambiar, Elizabeth. ¡Y cómo! Eres la novia de un hombre lo bastante rico para enviarte mil libras, así que no puedes aparecer ante él vestida con un tartán de la fábrica del pueblo o con un simple vestido de hilo marrón. Habrá fiestas, bailes, ya me lo imagino, paseos en carruaje, visitas a las esposas de otros hombres ricos. Tu padre no debería haberse quedado con tanto de lo que, estoy segura, es tu dinero, no de él.

Dicho lo cual (lo cierto es que ardía en deseos de decirlo, ¡qué viejo tacaño y miserable era James Drummond!), la señorita MacTavish sirvió más té e insistió en que Elizabeth comiera un pastel. ¡Una muchacha tan hermosa, y tan desaprovechada en Kinross!

– La verdad es que no quiero ir a Nueva Gales del Sur a casarme con el señor Kinross -dijo Elizabeth compungida.

– ¡Tonterías! Piensa en ello como una aventura, querida. No hay una sola de las jóvenes de Kinross que no te envidie, créeme. Piénsalo bien. Aquí no podrás disfrutar nunca de un marido, te pasarás los mejores años de tu vida cuidando de tu padre. -Sus ojos azules se empañaron-. Yo lo sé muy bien, créeme. Tuve que cuidar de mi madre hasta que murió, y



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