
Elizabeth se alertó: comprendió que por fin había encontrado a alguien que podía contarle algo acerca de su futuro marido. A diferencia de James, Duncan Drummond sólo había tenido dos hijos, una niña, Winifred, y Alexander. Winifred habría sido su mejor fuente de información, pero se había casado con un ministro de la Iglesia y se había ido a vivir a Inverness antes de que Elizabeth naciera, así que no podía contar con ella. Cuando interrogó a aquellos de sus familiares que tenían la edad suficiente para recordar a Alexander, el resultado había sido curiosamente magro; como si, por alguna razón, el de Alexander fuese un tema prohibido. Se dio cuenta de que detrás de esa prohibición estaba la mano de su padre. Padre no quería devolver aquel dinero que le había llovido del cielo, y no estaba dispuesto a correr ningún riesgo. Además creía que, tratándose del matrimonio, el estado de ignorancia era una bendición.
– ¿Era guapo? -preguntó sin disimular su ansiedad.
– ¿Guapo? -La señorita MacTavish torció la boca y cerró los ojos-. No, yo no habría dicho de él que era guapo. Pero tenía un modo de caminar… elegante, como si se contoneara. Claro que siempre iba lleno de cardenales, porque Duncan no escatimaba bastonazos cuando lo tenía cerca, así que a veces debía de resultarle difícil caminar como si se estuviera llevando el mundo por delante, pero de todos modos se sobreponía… ¡Y su sonrisa! Una lo veía sonreír y… se le aflojaban las piernas.
