
Elizabeth había asistido durante dos años a la escuela del doctor Murray, tiempo suficiente para aprender a leer y escribir y, aunque no sin esfuerzo, leía bastante bien; escribir le resultaba más difícil porque James pensaba que era un derroche gastar dinero en papel para una muchacha tonta que no sabría cómo aprovecharlo. Pero mientras mantuviera la casa impecablemente limpia, cocinara las comidas que a su padre le gustaban, no gastara dinero ni se codeara con otras muchachas igualmente tontas, Elizabeth tenía libertad para leer los libros que consiguiera. Podía recurrir a dos fuentes distintas: la biblioteca de la casa del pastor, el doctor Murray, y las respetables y anodinas novelas que circulaban entre la grey femenina de su nutrida congregación. No era sorprendente, pues, que la joven supiese más de teología que de geología, y más de ceremonias que de idilios.
Que pudiera estar destinada al matrimonio era algo que nunca se le había ocurrido, aunque empezaba a tener edad suficiente para preguntarse acerca de sus placeres y sus riesgos, y para observar con interés y curiosidad las uniones que habían formado sus hermanos mayores. Alastair y Mary, tan diferentes el uno del otro, se pasaban todo el tiempo discutiendo y, sin embargo, ella sentía que había entre ellos una profunda comunión. A Robert y a Bella los unía a la perfección la tacañería. Angus y su nerviosa Ophelia parecían decididos a destruirse mutuamente. Catherine y su Robert vivían en Kirkaldy porque él era pescador. También estaban Mary y su James, Anne y su Angus, Margaret y William… Y Jean, la mayor de todos los hermanos, la belleza de la familia, que a los dieciocho años se había casado con un Montgomery, un partido envidiable para una muchacha de sangre bastante buena pero que carecía de dote. Su esposo se la había llevado a vivir a una mansión en la calle Princes, en Edimburgo; desde entonces Jean ya no volvió a pisar Kinross y los Drummond no volvieron a verla nunca más.
