
– Está avergonzada de nosotros -decía James con desprecio.
– Muy astuta -decía Alastair, que la había amado y le era fiel.
– Muy egoísta -decía Mary desdeñosamente.
Muy sola, pensaba Elizabeth, que únicamente recordaba de manera vaga a Jean. Pero si la soledad era algo demasiado difícil de soportar para Jean, su familia estaba apenas a unos ochenta kilómetros de su casa. En cambio yo, se dijo Elizabeth, nunca podré venir a ver a mi familia, y son lo único que conozco.
Tras la boda de Margaret, se decidió que Elizabeth, la más joven de los hijos vivos de James, se quedaría soltera al menos hasta que su padre muriera, algo que según la leyenda familiar no ocurriría sino muchos años después; era resistente como las botas viejas y duro como la roca de Ben Lomond. Pero ahora todo había cambiado gracias a Alexander Kinross y sus mil libras. Alastair, el orgullo y la alegría de James después de la muerte del hijo mayor que llevaba su mismo nombre, se impondría a Mary y ambos y sus siete hijos se irían a vivir a la casa del padre de ella. Una casa que, con el tiempo, por otra parte, sería para él, porque se había sabido ganar su lugar en el corazón de James cuando lo sucedió como oficial en los telares de la fábrica de lana. Pero Mary, ¡pobre Mary! ¡Cómo iba a sufrir! Padre la consideraba una manirrota, que compraba zapatos a sus hijos para que los usaran los domingos y servía mermelada en el desayuno y en la cena. En cuanto se mudaran a la casa de James sus hijos usarían botas y la mermelada aparecería en la mesa sólo para la cena dominical.
El viento comenzó a soplar con fuerza; Elizabeth se estremeció, más por miedo que por el repentino fresco. ¿Qué había dicho Padre de Alexander Kinross? «Un calderero haragán que vivía en los suburbios de Glasgow.» ¿Que quiso decir con «haragán»? ¿Que Alexander Kinross no se preocupaba demasiado por nada? Y si era haragán, ¿estaría esperándola tras el viaje cuando ella llegara a su destino?
