
Desde que murió Alicia he pasado un año lleno de angustia, de tristeza y desamparo. Nunca me había sentido así… con el mundo y el cielo vacíos. Sí… ya soy viejo. El once de este mes cumplí 74 años… He estado sin escribir ni leer, arrastrando pesadamente los días y las horas como una cadena de hierro, con la muerte zumbándome siempre pertinaz igual que un terco moscardón. No fue la muerte de Alicia sólo lo que me puso así, sino la muerte de muchas cosas, de todas las cosas… todo quedó sin sentido… y luego esos pensamientos negros que buscan cualquier ocasión y pretexto para metérsenos en el cerebro y hacer allí su nido como pájaros fatídicos… Hay que echarlos, ya lo sé… y callar y rezar… He vuelto a rezar… No quiero pensar. No sirve de nada pensar. Aún no estamos hechos para comprender y no cabe más que esperar, esperar a poder entender por la gracia y por el dolor… por las lágrimas que abren la puerta de la gracia… «Venga a nos el tu Reino»… Hay que esperar a que el reino de la luz se nos abra. Ahora no sabemos nada, nadie sabe nada. Y hay que rezar de la manera más sencilla con el «Padre Nuestro», con el lenguaje de las gentes sencillas y primitivas. No hemos salido de la infancia.
Ya estoy mejor. También he vuelto a llorar. En realidad nunca se me ha olvidado llorar. Pienso que éste es nuestro oficio, que lo ejecutamos sin pensar, mecánicamente desde el comienzo del mundo. Seguimos en la época del llanto. Desde los orígenes de la conciencia estamos en la época del llanto… Y aquí seguiremos hasta que venga el reino de la Luz.
– ¿Vendrá?
– ¡Claro que vendrá!… porque si no… ¿para qué sirve el mar?… ¿para qué sirve todo el llanto del mundo? Estoy diciendo impertinencias. Esto no es epistolar… Chocheo ya… Tengo 74 años… Y esta melancolía senil… Tienes que perdonarme.
No escribo más que palabras que después quisiera borrar. No hago más que cosas para enseguida arrepentirme. Así es todo. No doy un paso seguro.