Al menos supongo que se disfrutan al final: endulzan los peores instantes y cuando la muerte se ve próxima constituyen el último antídoto contra el terror al vacío. A África le había sido negado hasta eso.

La imaginaba paralizada (en su silla de ruedas al principio y en la cama al final), incapaz de pronunciar palabra, sin poder gritar ¡socorro!: simplemente esperando a que le llegara la muerte sin poder desviar la vista de ella hacia la contemplación de un recuerdo, uno solo, que le hiciera comprender que algo de todo aquello había valido la pena.

¡Qué tres años finales debió de pasar!

¡Y pensar que Adolfo Anglés había intuido con cuarenta años de adelanto este pavoroso desierto de sentimientos y soledad y había sabido plasmar su dolor infinito por ello en la carta que ahora yo tenía en las manos! Así son los grandes poetas: adivinan, comprenden, lloran con intuición luminosa.

No había en la caja de zapatos una nota suya, ni siquiera un recuerdo garrapateado en el que consignara sus sentimientos o en el que me hiciera saber lo que pretendía de mí. Nada.

¿Quería que yo supiera que al menos tres personas de corazón generoso, Adolfo Anglés, su hermana Ramona y el marido de ésta la habían apreciado, incluso una vez le habían pedido perdón por haber sido ingratos, por haberla olvidado en un momento preciso de hacía décadas? ¿Que si no había sido feliz, al menos alguien en este mundo había sabido comprender por qué, la había disculpado por su belleza, había entendido que tanta guapura no era estéril sino que había sido redimida por la amargura y el sufrimiento? ¡Como si la belleza necesitara ser redimida!

¿Me estaba pidiendo perdón por haberme confesado una vez muchos años atrás que ni siquiera su hija, el hecho de su hija, le había dado un instante de felicidad? ¿Me estaba explicando por qué?



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