El repentino recuerdo de aquella confesión me asaltó de golpe y me ruboricé. ¿La caja de zapatos para compensar una confesión, en pago por un momento de debilidad?

Porque, claro, la confidencia misma de su infelicidad era la prueba fehaciente de que África nunca había aceptado pasivamente su papel en la vida. No, no, me venía a decir. Bien al contrario, me venía a decir, he sido capaz de más sentimientos que el de la simple resignación ante la injusticia. Me he rebelado contra la injusticia. Y valgo más que la armonía de mi físico, que la suavidad de mis pechos y de mi vientre, que la llamarada de mi espalda.

¡Y yo que nunca quise verlo! ¿Cómo era posible?

¿Y qué más podía decirme? ¿Un par de fotos y una medalla?

Pasé muchas horas cavilando y no pude hallar respuesta convincente. Peor aún: no quedaba nadie a quien preguntar; a Adolfo Anglés, a Ramona, a Armando les había podido la vejez hacía tiempo. Y Carlos Mata también había muerto; estúpidamente en un accidente de automóvil en 1972. En México no quedaba nadie que pudiera responder seriamente a mis preguntas.

Por eso llegué a la conclusión de que no quedaban preguntas por contestar. Aquella caja de zapatos cerraba el ciclo vital de África. Era su testamento para mí; me había hecho su heredero universal sólo porque en ocasiones me permitió escudriñar su alma y porque en las ferias de Madrid la había llevado a los toros. Siempre me había parecido que entre ella y yo había algo más: un continuo de confidencias y complicidades, aunque nunca nos lo hubiéramos confesado, que había establecido un lazo más que estrecho entre los dos. Ahora, eso se convertiría en mi memoria y la caja de zapatos quedaría como su testamento.

Bien pensado, ¡qué testamento! Las cuatro cosas que habían significado algo para ella enumeradas para mí con desgarradora sinceridad: ella misma, el poeta y su hermana, una medalla que seguramente le traía olor de México y una carta. Yo, su sobrino, era el heredero de todo lo que ella había querido. Oh Dios.



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