Y así, aquella noche no fui capaz de conciliar el sueño.

¿A quién pretendía engañar?

III

No recuerdo bien cuándo África se marchó a México a probar fortuna. Esas cosas no las suele registrar un niño de más o menos diez años de edad cuando tienen que ver con una persona que no pasa de ser una hermana de la madre a la que se ha tratado poco, y mucho antes, y que por consiguiente escapa del círculo íntimo de las preocupaciones infantiles. De muy chiquillo yo había estado brevemente a su cargo en Cádiz y mi afecto por ella nacía de un único incidente que tenía enterrado en el fondo de mi memoria porque me producía cierta vergüenza; es decir que se trataba de un afecto firme y olvidado.

Por tanto, no recuerdo bien cuándo África se marchó a México a probar fortuna. Quiero decir que sé cuándo se fue pero que no lo recuerdo. No debió de impresionarme de manera especial. Mi mundo era el colegio, mi habitación, mis padres y mis hermanos. Fuera de ellos no existía nada. Por ejemplo, los abuelos, mis abuelos maternos (a los paternos jamás los conocí), eran dos ancianos amables aunque severos a los que visitábamos regularmente los domingos y a quienes no interesaban particularmente los niños. Nada más. Mi abuelo no era como los que salen en las películas: no me daba consejos, no me contaba historias, no me enseñaba a pescar, no había construido un mundo privado para abuelo y nieto que yo pudiera atesorar y del que pudiera hablar condescendiente o misteriosamente con mis hermanos. Nada de eso. Curiosamente, ese tipo de cariño y de atención le brotaron del corazón sólo cuando, años más tarde, apareció en escena su bisnieto mayor, el hijo de mi hermano José Luis.

Lo que sí recuerdo muy bien, en cambio, fue el día en que África regresó de México.



15 из 188