
Lo recuerdo bien porque estaba en plena pubertad.
Iba por la vida escudriñando sin querer la forma de un pecho femenino apenas intuido o un tobillo enfundado en una media de seda o la curva que tenían unos labios marcadamente pintados de rojo; me volcaba sobre las escasas revistas en las que aparecían, ya por casualidad en un segundo plano o bien porque el censor las había pasado por alto, fotos de chicas en bañador y, en cuanto podía, veía, petrificado en la butaca y preso de las más mórbidas sensaciones, una sesión tras otra de las películas de Esther Williams.
La llegada a Madrid de la tía África aquel día de primavera de 1952 fue electrizante.
Habíamos acudido en masa, toda la familia, a la estación de Príncipe Pío a recibirla tras el largo viaje en tren desde Vigo. África había llegado un día antes en el paquebote de línea regular Veracruz-Vigo y, unas horas después de desembarcar, se había montado en el expreso de Madrid, un disparate de carbonilla y lentitud que tardaba veinte horas en recorrer la distancia hasta la capital.
Hace tantos años de esto que apenas si guardo de los instantes previos a la llegada de la tía África unas cuantas imágenes confusamente impresas en la memoria. Una
