No porque fuera una fecha señalada o porque Martita, su hija, llevara semanas en permanente excitación («¡Mamá llega dentro de diez días, siete días, cuatro días, dos días, un día, seis horas!»; parecía un disco rayado) o porque los abuelos hubieran procurado decorar con un par de grabados de Goya y una porcelana de la Inmaculada Concepción la habitación que madre e hija compartirían a partir de entonces, con su puerta corredera de cristal esmerilado y su ventana al patio, o porque mi padre, siempre caballero de inmejorables modales, hubiera encargado un gran ramo de flores para que fuera instalado en la mesilla que había entre las dos camas que serían durante años ya la de mi tía África y la de Martita.

Lo recuerdo bien porque estaba en plena pubertad.

Iba por la vida escudriñando sin querer la forma de un pecho femenino apenas intuido o un tobillo enfundado en una media de seda o la curva que tenían unos labios marcadamente pintados de rojo; me volcaba sobre las escasas revistas en las que aparecían, ya por casualidad en un segundo plano o bien porque el censor las había pasado por alto, fotos de chicas en bañador y, en cuanto podía, veía, petrificado en la butaca y preso de las más mórbidas sensaciones, una sesión tras otra de las películas de Esther Williams.

La llegada a Madrid de la tía África aquel día de primavera de 1952 fue electrizante.

Habíamos acudido en masa, toda la familia, a la estación de Príncipe Pío a recibirla tras el largo viaje en tren desde Vigo. África había llegado un día antes en el paquebote de línea regular Veracruz-Vigo y, unas horas después de desembarcar, se había montado en el expreso de Madrid, un disparate de carbonilla y lentitud que tardaba veinte horas en recorrer la distancia hasta la capital.

Hace tantos años de esto que apenas si guardo de los instantes previos a la llegada de la tía África unas cuantas imágenes confusamente impresas en la memoria. Una



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