protesta mascullada por el abuelo, «¡qué despilfarro, mira que venirse esta chica en coche-cama!»; una orden de mi padre, «dile a aquel mozo que se acerque con el carrito, seguro que África trae un montón de equipaje»; el sol fresco de un día de abril (eso sí lo recuerdo como si fuera ahora: me pasaba el día abriendo la nariz y respirando a pleno pulmón, supongo que para intensificar de manera instintiva todas las sensaciones táctiles, las vibraciones, los olores, la sensualidad que, sin yo comprender nada de lo que me ocurría, me tenían extraviados los sentidos); y la chiquillería correteando por el andén, inclinándose un poco, muy poco, sobre la vía y achinando los ojos para ver si llegaba el tren, «¡niños, quitaros de ahí que es peligroso!», y retirándose con terror al comprobar que por fin, allá a lo lejos, con los temblores ópticos de un espejismo, aparecía la locomotora bamboleándose y echando humo negro. «¡Ahí viene, ahí viene!»

Me acerqué a mi padre y le cogí de la mano. Volvió la cabeza hacia mí y sonrió.

– Ahí viene la tía África -dijo-; ¿te acuerdas de ella?

– Sí.

– ¡Claro! ¿Cómo no la vas a recordar? Si no hace ni tres años que se fue.

Toda una vida. ¿Cómo me iba a acordar de ella?

También recuerdo que acababa de estrenar pantalón bombacho, el intermedio hacia el pantalón largo que aún no llevaban los chicos, y que lo lucía con el orgullo de quien acaba de graduarse en hombría.

Rugiendo y estornudando, espaciado el ruido de las juntas de los rieles, clan-clan, clan-clan, por la lentitud de la locomotora, echando humo y vapor por los cuatro costados, sonándole como una campana sorda los hierros que empezaban a enfriarse tras el largo viaje, el tren expreso de Vigo hizo su solemne entrada en la estación de Príncipe Pío. En las puertas ya abiertas de los vagones asomaban revisores aquí y guardias civiles allá; algunos sorchis se amontonaban en las escalerillas de los vagones de tercera. Sólo los dos vagones del coche-cama, los de los Grandes Expresos Europeos/ Wagons-Lits Cook, permanecían cerrados: era la señal del respeto debido a quienes habían pagado mucho más que cualquier mortal por el privilegio de dormir en las ásperas sábanas de algodón y por ocupar en solitario un compartimiento durante las interminables y tediosas horas diurnas.



17 из 188