
Me acerqué a mi padre y le cogí de la mano. Volvió la cabeza hacia mí y sonrió.
– Ahí viene la tía África -dijo-; ¿te acuerdas de ella?
– Sí.
– ¡Claro! ¿Cómo no la vas a recordar? Si no hace ni tres años que se fue.
Toda una vida. ¿Cómo me iba a acordar de ella?
También recuerdo que acababa de estrenar pantalón bombacho, el intermedio hacia el pantalón largo que aún no llevaban los chicos, y que lo lucía con el orgullo de quien acaba de graduarse en hombría.
Rugiendo y estornudando, espaciado el ruido de las juntas de los rieles, clan-clan, clan-clan, por la lentitud de la locomotora, echando humo y vapor por los cuatro costados, sonándole como una campana sorda los hierros que empezaban a enfriarse tras el largo viaje, el tren expreso de Vigo hizo su solemne entrada en la estación de Príncipe Pío. En las puertas ya abiertas de los vagones asomaban revisores aquí y guardias civiles allá; algunos sorchis se amontonaban en las escalerillas de los vagones de tercera. Sólo los dos vagones del coche-cama, los de los Grandes Expresos Europeos/ Wagons-Lits Cook, permanecían cerrados: era la señal del respeto debido a quienes habían pagado mucho más que cualquier mortal por el privilegio de dormir en las ásperas sábanas de algodón y por ocupar en solitario un compartimiento durante las interminables y tediosas horas diurnas.
